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Protegemos a las personas desplazadas y las apoyamos mientras construyen un nuevo futuro. Comenzamos nuestra labor de ayuda tras la Segunda Mundial. Hoy, trabajamos en crisis nuevas y prolongadas en más de 40 países.

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Las peligrosas consecuencias de la deportación

Alejandra* con dos de sus hijos. Foto: Nelson Guevara/NRC
“Tengo miedo de regresar a mi casa”, dice Alejandra*, hondureña de 35 años, mientras sostiene en brazos a Diego*, el menor de sus cinco hijos.
Por Mayela Molina
Publicado 27. Jul 2026

Honduras


*Los nombres han sido cambiados para proteger a las personas protagonistas de la historia.

En 2025, fue víctima de agresiones sexuales y físicas en su ciudad natal en una zona rural de Honduras. Al hacer la denuncia, recibió amenazas de las personas que la atacaron.

Ella decidió huir.

Ahora, de vuelta en Honduras, ella cuenta esto mientras muestra las cicatrices del ataque.

No sentirse segura en su país

El día de su desplazamiento, dejó atrás una vida construida con esfuerzo, a su madre de 75 años y su negocio.

Se llevó a sus hijos porque dejarlos era un riesgo: “en este país, en el lugar donde vivíamos, si los niños, a la edad de 13 o 14 años, no andan en malas cosas, los matan”, explica, refiriéndose al reclutamiento forzado por parte de grupos criminales cuando un niño se acerca a la adolescencia.

Si los niños, a la edad de 13 o 14 años, no andan en malas cosas, los matan.

La familia se fue a otra casa a unos kilómetros de distancia, pero meses después sus atacantes llegaron a preguntar por ella. Cuando su vecina le dijo esto, Alejandra se convenció de que no estaría segura mientras permaneciera en su país, así que emprendieron el viaje hacia Estados Unidos.

El viaje

Salieron por tierra, viajaron a través de Guatemala y llegaron a México, donde estuvieron cinco meses hasta alcanzar su destino.

En Estados Unidos pudo vivir por un tiempo como solicitante de asilo, trabajaba para sostener a la familia, los niños iban a la escuela y se adaptaban a otro idioma y cultura.

En el poco tiempo que estuvo ahí, con mucho sacrificio, había construido un hogar, tenía nuevas amistades y adoptó dos perros, pero lo más importante era que se sentía segura lejos de las amenazas.

Sin embargo, a principios de este año, su proyecto de vida se vino abajo cuando toda la familia fue deportada a Honduras.

“[En Honduras] a mí me buscaban y pagaban para quitarme la vida, [mis atacantes] pagaban para dar con mi paradero. ¿Se imagina usted si se dan cuenta de que yo volví? ¿Qué me pasaría a mí y a mis hijos?”

¿Se imagina usted si se dan cuenta de que yo volví? ¿Qué me pasaría a mí y a mis hijos?”

Todo se detuvo, no solo por tener que empezar de cero una vez más, sino por el miedo.

Foto: Nelson Guevara/NRC

Reconstruir la vida entre la depresión y la esperanza

Alejandra y sus hijos ahora viven en una ciudad alejada de su lugar de origen e intentan reacomodar sus vidas en su país, pero las secuelas persisten.

Ahora, mientras acaricia el cabello de su hijo pequeño, enumera los padecimientos de salud que ha desarrollado y muestra los medicamentos que debe tomar para manejar la tristeza y el trauma de todo lo ocurrido:

“Tomo antidepresivos recetados por un psiquiatra. En las noches, estoy acostada y digo: no quiero pensar, no quiero pensar, pero la mente de uno es así”, describe Alejandra.

"En las noches, estoy acostada y digo: no quiero pensar, no quiero pensar, pero la mente de uno es así”

El hijo mayor también ha estado muy triste: “depresivo”, como dice ella, y los más pequeños preguntan cuándo volverán a su escuela sin comprender bien lo que pasó.

Al regresar al país, Alejandra expresó su temor de volver a la casa de la que había huido. Con cinco niños pequeños, se enfrentó a la pesadilla de cualquier madre: no tener un lugar para alojarse.

Obtuvo ayuda del Consejo Noruego para Refugiados con alojamiento de emergencia, dinero en efectivo y asistencia legal para recuperar sus documentos y los de sus hijos.

 Alejandra no tiene una red de apoyo en esta nueva ciudad. No ha visto a su madre desde que volvió al país. La extraña mucho, pero no puede volver a la casa de su infancia.

Aun así, y a pesar del miedo, Alejandra tiene esperanza en un futuro mejor.

Se ha propuesto iniciar un pequeño negocio para generar ingresos, y para sus hijos desea “que estén estudiando porque siempre, donde hemos vivido, ellos han estado en la escuela”.

En 2025, NRC atendió a 4,890 personas desplazadas internas en Honduras. Un 63% eran mujeres y de ellas, un 31% eran cabezas de hogar como Alejandra.

Honduras es una de las crisis de desplazamiento más ignoradas del mundo, debido a la falta de atención mediática, a la insuficiencia de fondos y a la falta de voluntad política. En 2025 Honduras figura por cuarta vez en la lista de crisis de desplazamiento ignoradas elaborada por el NRC.