Voces del Catatumbo:

El impacto humano del conflicto armado

Quienes huyeron y continúan huyendo del conflicto armado en el Catatumbo, al nororiente de Colombia, no tienen el tiempo de elegir su equipaje. Lo poco que logran empacar lo guardan en bolsos pequeños, costales o bolsas de plástico que cargan mientras dejan atrás su vida en medio de la incertidumbre y el miedo. 

Cerrar la puerta de casa sin saber si volverás a abrirla es una decisión que nadie debería verse obligado a tomar. Sin embargo, para cientos de familias que viven en el nororiente de Colombia, esta se convirtió en una realidad inevitable. 

Un año después de que el conflicto se intensificara drásticamente en esta región — desde el 16 de enero de 2025—, la disputa armada en estos territorios no ha dado señales de tregua. Los enfrentamientos siguen causando nuevas víctimas civiles y las amenazas de actores armados organizados obligan a las personas a permanecer en sus territorios.
Desde entonces, se estima que más de 100.000 personas han sido desplazadas en lo que hoy se reconoce como la crisis humanitaria más grande de los últimos treinta años en Colombia. 

Hoy, las primeras familias que se vieron obligadas a desplazarse a comienzos de 2025 ya no permanecen en albergues temporales: algunas han retornado a sus territorios —muchas veces sin que existan las condiciones adecuadas para hacerlo— impulsadas por la necesidad de regresar a sus hogares, retomar sus cultivos y trabajos para intentar sostener a sus hijos.

Otras continúan viviendo en casas de familiares o conocidos, mientras que algunas han logrado arrendar una vivienda donde buscan reconstruir sus vidas, lejos del lugar que alguna vez llamaron hogar.

Sin embargo, para otras familias el desplazamiento no ha terminado aún: continúan viéndose obligadas a moverse de un lugar a otro debido a la persistencia de la violencia. 

La vida puede cambiar totalmente en 60 minutos 

Entre las miles de historias que deja el desplazamiento en el Catatumbo, está la de Luis Ángel*, un campesino que huyó con sus botas y un morral junto a su familia.

Mientras conversábamos, nos mostró el fondo de la pantalla de su celular: una fotografía de la celebración del año nuevo de 2025 donde aparecía abrazado a su madre y a sus hermanos. Se quedó en silencio frente a la imagen y después de varios segundos lamentó que tres de las personas de la foto ya no estuvieran con él; fueron asesinadas como consecuencia del conflicto armado. 

— “Murieron sin dignidad; fueron asesinados mientras estaban amarrados de manos y pies. Un grupo armado los amenazó, los señalaron de ser parte de otro grupo. Ellos eran campesinos y decidieron que no se iban a desplazar; no se querían ir de su hogar”, relató. 

Cuando la violencia escaló, él y su familia se resguardaron en la iglesia de su comunidad. Allí permanecieron escondidos junto a otras personas hasta que lograron huir. “Es muy triste tener que abandonar las raíces por causa de una guerra y tener que enterrar a un hermano sabiendo que no tenía nada que ver con el conflicto”, expresó. 

Cada mañana, Luis Ángel se sirve una taza de café amargo y sin azúcar. Dice que solo así el sabor logra parecerse a lo que siente en el pecho. La ausencia de sus familiares y el desplazamiento se han transformado en un peso difícil de cargar.  

La ayuda humanitaria que Luis Ángel recibió no solo le permitió continuar con vida bajo un techo digno con agua y alimentos, sino que también contribuyó a que él y su familia aliviaran el sufrimiento del conflicto. 

Sin distinguir nacionalidad 

Las historias de desplazamiento como la de Luis Ángel se repiten una y otra vez en esta región del país. Algunas personas nos contaron que se habían desplazado por primera vez; otras, como Tatiana*, lo hacían de nuevo, pero esta vez era diferente. 

Tatiana había llegado a Colombia junto a sus dos hijos hace cuatro años en busca de nuevas oportunidades tras haberse desplazado de su país. Sin embargo, la violencia volvió a alcanzarla y la obligó a huir nuevamente, esta vez dentro de la tierra que la había acogido. 

El día del desplazamiento forzado, Tatiana regresaba de su jornada laboral como cocinera en una finca. No alcanzó a cruzar el umbral de su casa cuando, en el camino, una vecina le advirtió que hombres armados habían llegado dando la orden de abandonar todo y salir. 

Tatiana no alcanzó a entrar a su casa; tomó a sus hijos y empezó a huir. En su mente solo había un pensamiento: proteger a sus niños del riesgo de reclutamiento forzado. Ella y sus vecinos sabían que varias niñas y niños ya habían sido reclutados en los últimos días. 

Caminaron tres horas hasta encontrar un refugio. 

— “Con lo que cargaba encima, eso fue lo que nos trajimos”, dice mientras observa sus manos. “Me siento muy triste. Mira cómo nos dio vuelta la vida. Estábamos tan bien. Dejamos atrás todo lo que habíamos construido; de eso ya no queda nada”, dijo. 

La vida después del desplazamiento

Con el paso del tiempo, lejos de sus hogares y trabajos, la vida empieza a exigir a la población desplazada cambios: obtener dinero para pagar el arriendo, volver a la escuela o mantener a la familia reunida.  No obstante, la experiencia del conflicto sigue siendo parte indivisible del presente de quienes buscan un nuevo comienzo. 

Zoraida*, madre de cuatro hijos, se desplazó junto a su familia cuando los enfrentamientos se intensificaron en su territorio. En medio de la situación, buscó la manera de proteger a sus hijos. Cada vez que se escuchaban explosiones, intentaba darles una explicación para que no sintieran el temor que ella estaba experimentando. 

— “Les dije a mis hijos que las explosiones eran solo globos de juguete que estallaban; no puedo soportar que mi hijo crezca atormentado por el mismo terror que me persigue a mí cada día”, dijo. 

Cuando finalmente lograron salir de la zona de combates y llegaron a la ciudad, tuvieron dificultades para acceder a un lugar digno donde dormir, se separaron del resto de su familia y perdieron sus ingresos. Después de unos meses intentaron regresar a su hogar —por la necesidad y la esperanza de que la seguridad hubiera mejorado—; sin embargo, su idea de retorno finalizó en un segundo desplazamiento. Por lo que decidieron no regresar a su lugar de origen y optar por reconstruir su vida en otro lugar. 

— “Me desplacé para proteger a mis hijos porque temía por sus vidas. El solo pensar que pudieran quedar atrapados en medio del fuego cruzado me llena de terror. No puedo imaginar a un niño tendido en el suelo, herido por un disparo; me destruiría. Y aunque no fueran balas, sino bombas o drones explosivos, el miedo es el mismo”.

Separaciones que deja el conflicto

Zoraida no es la única madre que carga con el miedo del conflicto. Ana* es otra madre que tuvo que desplazarse porque temía por su seguridad y la de sus hijos.  

Pero su historia es diferente. Ella huyó sola. Sus dos hijos que vivían en el territorio no pudieron acompañarla porque ambos estaban trabajando ese fin de semana en una finca en zona rural alejada. Mientras huía, la duda de si sus hijos lograrían ponerse a salvo no la abandonó ni un solo segundo. 

—“Me desplacé con el corazón pesado; dejé a mis hijos atrás, temiendo no volver a verlos”, recuerda. Días después logró reencontrarse con ellos en la ciudad a la que habían llegado. Allí, sus hijos le contaron lo que había ocurrido mientras se desplazaban: en un retén de actores armados no estatales, a su hijo mayor le acusaron de pertenecer a otro grupo armado y les quitaron todo lo que llevaban consigo. Aunque su hijo menor también se desplazaba con él, no le dijeron nada: tenía 16 años. “A mi hijo mayor le apuntaron con un arma en la cabeza y le dijeron que lo matarían. Él ya no está en el país; tuvo que huir. Nunca imaginé que la guerra nos separaría de esta manera. ¿Cuándo volveré a verlo? ¿Cuándo podré abrazarlo otra vez?”, dijo. 

Una vez en la ciudad, Ana, sus hijos y otros familiares desplazados llegaron a donde vivía una de sus hijas —quien lleva años viviendo allí—. Sin embargo, meses más tarde, Ana decidió regresar a su territorio con su hijo menor porque no logró encontrar un cupo en el colegio para que retomara sus estudios. Pero tras varios meses el riesgo no desapareció; al contrario, el temor creció ahora que su hijo tiene 17 años. En más de una ocasión, Ana ha visto a actores armados no estatales merodear cerca de su casa y preguntar por los jóvenes del sector. Ante esta situación, vuelve a considerar el desplazamiento como la única alternativa para protegerlo. 

Su historia no es un caso aislado. Según la Defensoría del Pueblo, el reclutamiento forzado continúa afectando a niñas, niños y adolescentes del Catatumbo. Entre enero y noviembre de 2025, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) reportó la desvinculación de 49 menores de edad en distintos municipios de la subregión. Lo que evidencia la urgencia de fortalecer las acciones de prevención y protección integral de la niñez. 

Ana recuerda que, en su comunidad, la vida cotidiana sigue estando marcada por reglas impuestas por los actores armados organizados que condicionan incluso las decisiones más simples del día a día. 

  

—“En nuestro territorio, la gente no se puede vestir de negro ni de verde oscuro; hay que usar ropa de colores claros para que quien controla el dron con explosivos pueda reconocer que somos civiles”, mencionó.

En el Catatumbo, el conflicto armado ha incorporado el uso de drones como artefactos explosivos improvisados, una práctica que ha incrementado el temor de los civiles en las zonas rurales y forma parte de las tácticas de actores armados organizados para controlar territorios en esta región del país. 

Permanecer pese al miedo

Como Luis Ángel, Tatiana, Zoraida y Ana, muchas de las personas que se desplazaron y se siguen desplazando en el Catatumbo lo hacen para salvar sus vidas. Huyen luego de quedar en medio de enfrentamientos, presenciar asesinatos o proteger a sus hijos del reclutamiento forzado. También hay quienes, como Diana*, se vieron obligadas a abandonar su territorio debido a los riesgos vinculados a su trabajo comunitario y a las amenazas constantes en su contra. 

Cuando lo recuerda, sus ojos se llenan de lágrimas. Tuvo que permanecer cuatro días escondida en una casa diferente a la suya hasta que pudo salir y desplazarse a otro lugar. 

—“Fue muy duro dejar la tierra donde nacimos y crecimos, irnos de un momento a otro y dejar a mi familia atrás. Me desplacé porque no estaba segura; recibía amenazas constantes de grupos armados y no tuve otra opción que huir”, describe. 

No ha logrado volver a su hogar porque el miedo persiste. Ahora vive con sus hijas en otro lugar, en una vivienda de madera con techo improvisado donde intentan reconstruir su vida desde cero.  

Pero para Diana, renunciar a su vocación ha sido casi imposible. En este nuevo lugar procura seguir aportando tanto a su comunidad de origen como a la que hoy la acoge. 

—“Cuando fui desplazada, me sentí muy sola. Mis hijas y yo necesitábamos mucho apoyo psicológico. Después de llegar aquí, seguía con mucho miedo; casi no podía dormir y me aterraba cuando alguien tocaba la puerta. Ahora me siento un poco mejor y trato de concentrarme en mi futuro y en el de mis hijas. Superar el desplazamiento no es fácil y las personas desplazadas nunca deberían enfrentarlo solas”, relató. 

La situación que enfrenta Diana no es aislada. En el 2025, más de 180 lideresas y líderes sociales fueron asesinados en el país, una cifra que refleja el alto riesgo que enfrentan quienes defienden los derechos de sus comunidades y trabajan por la protección de sus territorios. 

  

Una crisis que continúa en 2026

La situación humanitaria sigue siendo crítica. Hoy, el Catatumbo permanece en cuidados intensivos humanitarios. La falta de recursos suficientes para la respuesta humanitaria y la persistencia de la violencia prolongan el sufrimiento de las comunidades y aumentan el riesgo de nuevos desplazamientos. 

En esta región, el tiempo no ha logrado desaparecer lo ocurrido. Un año después, muchas familias siguen tomando decisiones obligadas como consecuencia de la violencia: permanecer, desplazarse de nuevo o intentar comenzar desde cero en otro lugar. La vida continúa entre esfuerzos por estabilizarse, proteger a sus hijos o recuperar la tranquilidad mental y algo de normalidad en sus vidas.  

Entre los primeros tres meses del año, en promedio, más de mil personas han sido obligadas a desplazarse mensualmente en Norte de Santander, recordando que para muchas comunidades el desplazamiento sigue siendo una realidad diaria. 

Mientras el conflicto persista, familias enteras seguirán viviendo con la incertidumbre de lo que dejaron atrás y del futuro que intentan construir.